martes, 24 de enero de 2017

Oda al e-mail



Creo que adoro el e-mail.

Así, como concepto, como medio de comunicación, como forma de expresión, como arte: el e-mail me ha tenido enamorado desde que supe qué era, a finales de los años noventa (¡oh!, los noventa, ¡qué época de optimismo y horrible vestimenta! Algún día tendré que hablar al respecto). Recuerdo escribir en una agenda del colegio la dirección de mail que usaría cuando, un día, tuviera Internet. Creo que en los meses anteriores había leído algunos libros de una colección juvenil, "Detectives de Internet" (Michael Coleman, 1996), una saga de las que se pusieron brevemente de moda por aquél entonces sobre adolescentes hackers en los primeros años de la red, y me fascinaba esa vuelta de tuerca al género epistolar: escribir cartas sin escribirlas a mano y obteniendo respuestas casi inmediatas. El chat nunca me fascinó tanto, pero el e-mail, ¡el e-mail!

He mantenido esa obsesión por las direcciones de correo electrónico hasta hoy, décadas después. Tengo una relación de todas las cuentas que tengo abiertas, y no creeríais lo larga que es. Cuando tuve Internet por primera vez, en 2002, me creé una en Hotmail (que levante la mano el que nunca haya tenido una allí. Eso pensaba) con el nombre de un personaje de rol que había inventado poco antes. Sí, tenía 17 añitos y era bastante friki en esas cosas, para qué negarlo. Debido a lo común de mi nombre y apellidos, nunca he podido conseguir esos e-mails geniales que tienen algunos, como nemesiosaenz@correo.es y similares, así que, siempre fiel a los principios fundadores de la red de redes, he defendido incansablemente lo bonito de los nicks. Pero ese es otro tema y será tratado en otra ocasión.



Lamentablemente, mucha gente usa el e-mail mal. En Francia, por ejemplo, se usa como si fueran cartas escritas, y se tiende a emplear el nivel del lenguaje correspondiente. Tiene saludos formales, fórmulas de despedida y todos los atributos que convierten a las epístolas francesas en una pesadilla. Los estadounidenses, al contrario, lo entienden mucho mejor. El e-mail no debería usar lenguaje SMS (¿esa expresión sigue viva?), pero tampoco debería requerir saber cómo redactar una instancia.

Hoy nadie quiere al e-mail. Las empresas lo han destrozado abusando de él con sus trabajadores y llenándolo de SPAM con sus clientes, lo que ha provocado que la gente huya de él y prefiera comunicarse con el infernal Whatsapp y el engendro abisal que es el Messenger de Facebook, y cuesta mantener una relación epistolar por ese medio, con lo fácil que sería. En algunas épocas he logrado establecer una de esas, intercambiando mails más o menos largos con amigos que están lejos o a los que nunca has conocido en persona, y es algo maravilloso. Con los e-mails no hay dictadura del double check, no hay prisas porque puedes responder en un teclado decente, a dos manos, sin tener que hacerlo mientras sales del metro y aguantas el paraguas bajo el brazo. Tienes tiempo de pensar, de reflexionar qué y cuándo quieres decirlo, puedes añadir imágenes, vídeos, enlaces, música. Supongo que ya me he convertido en un viejo porque prefiero conversar en el ordenador que usando el diminuto teclado del iPhone, pero últimamente siento que cada vez más voy a contracorriente, como con lo del tamaño de los móviles.

Pero tengo un consuelo, y es que el e-mail sigue existiendo, a pesar de todo lo que han hecho contra él. El MSN Messenger mató a los chats, las redes sociales mataron al MSN y a los foros, pero el correo electrónico sigue existiendo. En estos quince años usando Internet debo haber cambiado más de cinco veces de cuenta principal, da igual: espero poder seguir usándolo, al menos, quince años más.

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